Proclama a miña alma a grandeza do Señor,
alédase o meu espírito en Deus o meu Salvador”








27.7.09

Evangelio del domingo 26 de julio




Juan 6,1-15

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe:


- «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?»


Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó:


- «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.»


Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:


- «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?»


Jesús dijo:


- «Decid a la gente que se siente en el suelo.»


Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos:


- «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.»


Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:


- «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.» Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

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